¿Quién no ha caído alguna vez en la tentación de activar un filtro de Instagram en uno de los 50 selfies que acaba de hacerse? He de confesaros que yo lo he hecho, y no una, sino en varias ocasiones. Sea por mi curiosidad de doctora o por la curiosidad humana que tenemos todos, me ha resultado imposible ignorarlos.

07:30 de la mañana. ¡Qué ojeras! Menudo sueño llevo encima. Este filtro efecto “buena cara” seguro que lo arregla.

El uso consciente de estos filtros puede salvarnos en más de una ocasión porque queridos amigos y amigas, los lunes son los mismos para todos. Sin embargo, si lo convertimos en un hábito puede no sólo crear futuros problemas de autoestima, sino también desvirtuar la realidad.

Maxilabios, foxy eyes, counturing, pestañas extra largas, make-up, bien de glow… Estos son tan sólo algunos de los efectos de los filtros a los que cualquiera con un perfil abierto en Instagram tiene acceso. Lo que comenzó como una novedad o algo divertido se ha convertido en una fábrica de estereotipos. Y la autenticidad de cada rostro se desvanece.

La adaptación automática de estos filtros es idéntica para todos sus usuarios. Mientras las redes sociales se cargan más y más de clones. Nada que ver con lo que buscamos con una intervención de medicina estética.

Cada profesión tiene su arte. El arte de la medicina estética está en realizar el retoque preciso para armonizar un rostro con respecto al resto de facciones y preservar su naturalidad. Llevar a cabo un estudio previo del paciente; para después aplicar los productos de mayor calidad, y emplear la técnica adecuada a través de la última tecnología. Todo un proceso de trabajo, esfuerzo, conocimiento y experiencia. Esa es mi única garantía para alcanzar los resultados deseados, y mi compromiso al cruzar cada mañana la puerta de la clínica.